Texto paralelo inglés–español
The Scarlet Plague
La plaga escarlata
Jack London
Una edición bilingüe inglés–español: el texto en inglés con el español al lado, párrafo por párrafo.
Abriendo el lector…
I
I
The way led along upon what had once been the embankment of a railroad. But no train had run upon it for many years. The forest on either side swelled up the slopes of the embankment and crested across it in a green wave of trees and bushes. The trail was as narrow as a man’s body, and was no more than a wild-animal runway. Occasionally, a piece of rusty iron, showing through the forest-mould, advertised that the rail and the ties still remained. In one place, a ten-inch tree, bursting through at a connection, had lifted the end of a rail clearly into view. The tie had evidently followed the rail, held to it by the spike long enough for its bed to be filled with gravel and rotten leaves, so that now the crumbling, rotten timber thrust itself up at a curious slant. Old as the road was, it was manifest that it had been of the mono-rail type.
El camino discurría por lo que antaño había sido el terraplén de una vía férrea. Pero hacía muchos años que ningún tren circulaba por ella. El bosque de ambos lados se hinchaba por las pendientes del terraplén y lo coronaba como una ola verde de árboles y matorrales. El sendero era estrecho como un cuerpo humano y no pasaba de ser una senda de animales salvajes. De vez en cuando, un trozo de hierro oxidado que asomaba entre el mantillo del bosque anunciaba que el raíl y las traviesas seguían allí. En un lugar, un árbol de diez pulgadas, al brotar en una unión, había levantado el extremo de un raíl hasta dejarlo bien a la vista. La traviesa lo había seguido, sujeta a él por el clavo el tiempo suficiente para que su lecho se llenara de grava y hojas podridas, de modo que ahora la madera desmenuzada y podrida sobresalía en una curiosa inclinación. Por antigua que fuera la vía, era evidente que había sido de tipo monocarril.
An old man and a boy travelled along this runway. They moved slowly, for the old man was very old, a touch of palsy made his movements tremulous, and he leaned heavily upon his staff. A rude skull-cap of goat-skin protected his head from the sun. From beneath this fell a scant fringe of stained and dirty-white hair. A visor, ingeniously made from a large leaf, shielded his eyes, and from under this he peered at the way of his feet on the trail. His beard, which should have been snow-white but which showed the same weather-wear and camp-stain as his hair, fell nearly to his waist in a great tangled mass. About his chest and shoulders hung a single, mangy garment of goat-skin. His arms and legs, withered and skinny, betokened extreme age, as well as did their sunburn and scars and scratches betoken long years of exposure to the elements.
Un anciano y un muchacho avanzaban por aquella senda. Se movían despacio, pues el viejo era muy viejo, un ligero temblor de parálisis hacía vacilantes sus movimientos y se apoyaba pesadamente en su bastón. Un tosco gorro de piel de cabra le protegía la cabeza del sol. De debajo caía un escaso fleco de cabello manchado y de un blanco sucio. Una visera, ingeniosamente hecha con una hoja grande, le resguardaba los ojos, y desde allí abajo miraba por dónde pisaba en el sendero. Su barba, que debería haber sido blanca como la nieve pero mostraba el mismo desgaste de la intemperie y las manchas de campamento que su cabello, le caía casi hasta la cintura en una gran maraña. Del pecho y los hombros le colgaba una sola prenda, raída, de piel de cabra. Sus brazos y piernas, secos y flacos, delataban una edad extrema, igual que sus quemaduras del sol, sus cicatrices y sus arañazos delataban largos años de exposición a los elementos.
The boy, who led the way, checking the eagerness of his muscles to the slow progress of the elder, likewise wore a single garment—a ragged-edged piece of bear-skin, with a hole in the middle through which he had thrust his head. He could not have been more than twelve years old. Tucked coquettishly over one ear was the freshly severed tail of a pig. In one hand he carried a medium-sized bow and an arrow.
El muchacho, que iba delante, conteniendo el ímpetu de sus músculos para ajustarse al lento avance del anciano, vestía también una sola prenda: un trozo de piel de oso de bordes desgarrados, con un agujero en el centro por el que había metido la cabeza. No podía tener más de doce años. Colocada con coquetería sobre una oreja llevaba la cola recién cortada de un cerdo. En una mano llevaba un arco de tamaño mediano y una flecha.
On his back was a quiverful of arrows. From a sheath hanging about his neck on a thong, projected the battered handle of a hunting knife. He was as brown as a berry, and walked softly, with almost a catlike tread. In marked contrast with his sunburned skin were his eyes—blue, deep blue, but keen and sharp as a pair of gimlets. They seemed to bore into aft about him in a way that was habitual. As he went along he smelled things, as well, his distended, quivering nostrils carrying to his brain an endless series of messages from the outside world. Also, his hearing was acute, and had been so trained that it operated automatically. Without conscious effort, he heard all the slight sounds in the apparent quiet—heard, and differentiated, and classified these sounds—whether they were of the wind rustling the leaves, of the humming of bees and gnats, of the distant rumble of the sea that drifted to him only in lulls, or of the gopher, just under his foot, shoving a pouchful of earth into the entrance of his hole.
A la espalda llevaba un carcaj lleno de flechas. De una funda que le colgaba del cuello con una correa sobresalía el mango gastado de un cuchillo de caza. Estaba moreno como una baya y caminaba con suavidad, con un paso casi de gato. Contrastaban notablemente con su piel quemada por el sol sus ojos: azules, de un azul profundo, pero agudos y penetrantes como un par de barrenas. Parecían taladrar todo lo que lo rodeaba, por costumbre. Mientras caminaba, además olfateaba las cosas, y sus fosas nasales dilatadas y temblorosas llevaban a su cerebro una serie interminable de mensajes del mundo exterior. También tenía un oído agudo, tan adiestrado que funcionaba de forma automática. Sin esfuerzo consciente, oía todos los sonidos leves de la aparente quietud —los oía, los diferenciaba y los clasificaba— fuera el viento que agitaba las hojas, el zumbido de abejas y mosquitos, el rumor lejano del mar que solo le llegaba en los momentos de calma, o el de la tuza que, justo bajo su pie, empujaba un buche de tierra hacia la entrada de su agujero.
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